La preocupación por la continuidad de los talleres de escritura creativa y los reconocimientos culturales en Colombia nos invita a reflexionar sobre las prioridades del Estado. Las dificultades presupuestales no deberían poner en riesgo procesos que durante años han permitido descubrir talentos, formar escritores y acercar la literatura a las comunidades.

Participantes de un taller de escritura colaborativa comparten ideas y construyen textos de manera colectiva. Estos espacios reflejan la importancia de fortalecer la creación literaria y garantizar la continuidad de los programas de formación cultural en Colombia. Imagen de referencia; no corresponde necesariamente a una actividad de Relata.
Bogotá, 8 de noviembre de 2026.
Por: Escritores Rebeldes | Equipo Editorial
Hay noticias que preocupan especialmente a quienes hemos hecho de la literatura una parte importante de nuestra vida. No porque afecten directamente nuestros intereses, sino porque conocemos el esfuerzo que representa abrir un espacio para que alguien pueda escribir, compartir sus textos y encontrar lectores.
Eso es lo que sentimos ante la incertidumbre que rodea a la Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa (Relata), un programa que durante años ha contribuido a la formación literaria en diferentes regiones de Colombia.
La reciente carta de 97 mujeres vinculadas al sector literario, en la que expresan su preocupación por las decisiones que afectan al programa, ha puesto sobre la mesa un asunto que merece atención. Entre los problemas señalados aparecen la cancelación de encuentros, las dificultades en los procesos de contratación y la incertidumbre alrededor de algunos premios y publicaciones.
No estamos afirmando que Relata haya desaparecido ni que exista una decisión definitiva de acabar con la red. Pero sí creemos que las preocupaciones expresadas por quienes conocen y participan en estos procesos merecen una respuesta clara de las autoridades culturales.
Porque cuando se habla de suspender actividades relacionadas con la literatura, no estamos hablando solamente de modificar un calendario o ajustar unas partidas presupuestales. Estamos hablando de personas.
Los talleres son mucho más que aprender a escribir
Quienes han participado en un taller de escritura saben que allí ocurren cosas que difícilmente aparecen en los informes institucionales.
Alguien se atreve a leer por primera vez un poema que llevaba años guardado. Otra persona descubre que aquella historia familiar que siempre escuchó merece ser contada. Un joven comprende que escribir también puede ayudarle a expresar lo que no consigue decir en voz alta.
No todos terminarán publicando un libro. Tampoco tienen por qué hacerlo.
El valor de estos espacios no puede medirse únicamente por la cantidad de obras publicadas o de escritores reconocidos. También está en las conversaciones que generan, en la confianza que construyen y en las oportunidades que ofrecen a quienes no cuentan con otros medios para acercarse a la creación literaria.
En un país con tantas diferencias sociales y territoriales como Colombia, estos programas adquieren una importancia particular. No es lo mismo querer escribir en una ciudad donde existen bibliotecas, universidades, editoriales y una amplia oferta cultural, que hacerlo en un municipio donde las oportunidades de formación artística son escasas.
Por eso, la continuidad de Relata importa.
Y por eso también importan los premios, las antologías y los reconocimientos culturales. Para muchos autores, especialmente los independientes, estas iniciativas representan una posibilidad de mostrar su trabajo, recibir orientación, encontrar nuevos lectores y sentirse parte de una comunidad literaria.
La cultura no debería ser la primera sacrificada
Entendemos que gobernar implica administrar recursos limitados. También comprendemos que pueden existir dificultades financieras que obliguen a revisar compromisos, reorganizar actividades y establecer prioridades.
Pero nos preocupa que, en medio de esas decisiones, la cultura termine tratándose como algo secundario, como si pudiera esperar indefinidamente sin que nadie resultara afectado.
Colombia conoce demasiado bien las consecuencias de la corrupción, el despilfarro y la mala administración de los recursos públicos. Son problemas que deben investigarse y enfrentarse, sin importar quién haya gobernado ni en qué periodo ocurrieron.
Ahora bien, sería irresponsable atribuir las dificultades actuales de Relata a actuaciones específicas de gobiernos anteriores sin contar con pruebas que establezcan esa relación.
Lo que sí podemos afirmar es que los errores administrativos, las irregularidades y los problemas presupuestales, cuando existen, no deberían resolverse trasladando sus consecuencias a los ciudadanos que dependen de los programas culturales.
La responsabilidad de administrar correctamente los recursos públicos corresponde a las instituciones. Los escritores, artistas, docentes y gestores culturales no deberían cargar con el costo de decisiones sobre las cuales no han tenido participación.
Y aquí surge una pregunta que vale la pena hacerse: ¿por qué seguimos considerando la cultura como un gasto que puede aplazarse y no como una inversión necesaria para el desarrollo del país?
La literatura no reemplaza la educación, la salud ni las demás necesidades de la población. Pero tampoco compite con ellas. Forma parte de una sociedad que necesita ciudadanos capaces de leer, pensar, cuestionar, crear y comprender su propia realidad.
Un país no se construye solamente con obras de infraestructura. También se construye con memoria, conocimiento, sensibilidad y oportunidades para que sus habitantes puedan expresar lo que piensan y sienten.
Una invitación al Gobierno nacional
Desde Escritores Rebeldes queremos dirigir una invitación respetuosa al Gobierno nacional y al Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes.
Es necesario encontrar alternativas que permitan garantizar la continuidad de Relata y de los demás programas destinados a promover la escritura, la lectura y la creación artística.
No creemos que sea suficiente señalar las dificultades presupuestales. También es importante explicar qué medidas se están estudiando para superarlas, cuáles actividades podrán mantenerse y qué compromisos pueden asumirse para evitar que los procesos de formación queden en el aire.
Sería conveniente abrir espacios de diálogo con los responsables de los talleres, los escritores, las bibliotecas y los gestores culturales que conocen las necesidades de sus comunidades.
Escucharlos no debería ser una formalidad. Sus experiencias pueden ayudar a identificar prioridades y construir soluciones que respondan a las realidades de cada territorio.
Si es necesario reorganizar recursos, que se explique cómo. Si algunas actividades deben aplazarse, que exista una programación clara. Si se requieren ajustes administrativos, que estos se realicen procurando proteger los procesos que ya están en marcha.
No se trata de exigir lo imposible. Se trata de evitar que la incertidumbre termine debilitando iniciativas que han necesitado años de trabajo para consolidarse.
Los programas culturales deben tener continuidad más allá de los cambios de gobierno. No pertenecen a un presidente, a un ministro ni a una administración. Su razón de ser está en las comunidades a las que sirven.
Una preocupación que también sentimos como revista
En Escritores Rebeldes conocemos, desde nuestra propia experiencia editorial, las dificultades que enfrentan muchos autores independientes.
Recibimos textos de escritores que llevan años creando sin encontrar dónde publicar. También conocemos el entusiasmo de quienes comparten por primera vez un cuento o un poema y esperan, más que un reconocimiento, la oportunidad de ser leídos.
Detrás de cada uno hay una historia diferente.
Algunos han participado en talleres. Otros han aprendido por su cuenta. Muchos escriben después de cumplir con sus responsabilidades laborales y familiares, robándole unas horas al descanso para dedicarlas a lo que verdaderamente les apasiona.
Sabemos que el talento existe, pero también que no siempre encuentra oportunidades.
Por eso valoramos los espacios de formación y los programas públicos que buscan acercar la literatura a quienes, por razones económicas o geográficas, no tienen acceso a otras alternativas.
No podemos pedirles a los escritores que sigan creando y, al mismo tiempo, aceptar con indiferencia que desaparezcan o se debiliten los espacios destinados a acompañarlos.
Tampoco podemos hablar de fomentar la lectura si dejamos de apoyar a quienes escriben las historias que algún día llegarán a los lectores.
La creación literaria necesita libertad, pero también condiciones que permitan desarrollarla.
Que Relata pueda seguir contando historias
Esperamos que las inquietudes expresadas por las mujeres del sector literario sean escuchadas y que las autoridades culturales puedan ofrecer respuestas oportunas.
Nos gustaría que esta situación no terminara en una confrontación estéril, sino en una oportunidad para revisar qué necesita Relata, cómo fortalecer su funcionamiento y de qué manera asegurar su permanencia.
La crítica también puede ser una forma de contribuir. Señalar lo que preocupa no significa desconocer los esfuerzos institucionales ni negar las dificultades del momento.
Significa recordar que hay compromisos culturales que merecen ser protegidos.
En algún municipio de Colombia puede haber hoy una persona esperando que comience un taller de escritura. Quizás sea una adolescente que quiere escribir su primera novela, un trabajador que encuentra en la poesía una manera de descansar de la rutina o una mujer que ha decidido contar una historia que durante años permaneció en silencio.
No sabemos si alguno de ellos llegará a ser un escritor reconocido. Tampoco es necesario saberlo para comprender la importancia de ofrecerles esa oportunidad.
La cultura no puede quedar supeditada a lo que sobre del presupuesto ni convertirse en víctima de los errores que el Estado tiene la obligación de corregir.
Al Gobierno nacional le corresponde buscar soluciones. Al sector cultural, participar en su construcción. Y a quienes creemos en el poder de la palabra, mantener viva esta conversación.
Porque un país que deja de formar escritores también pierde oportunidades de conocerse, de preservar su memoria y de contar su propia historia.
Que Relata siga adelante. Que los talleres continúen. Que los reconocimientos culturales no se pierdan. Y que ninguna dificultad administrativa nos haga olvidar que detrás de cada programa hay personas que esperan una oportunidad para crear.
La cultura no puede quedar en pausa. Colombia necesita que sus historias sigan escribiéndose.

Equipo Escritores Rebeldes
